Fe inquebrantable

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Por: Génesis Bravo Marín

Lo que creí que nunca pasaría en mi vida sucedió, un accidente que dejaría secuelas, que me ayudaría a creer en que existe un ser supremo y aumentaría mi fe.

En una noche normal del 18 de agosto, mientras la luna iluminaba la oscuridad del firmamento y los luceros adornaba el infinito cielo, Cristhian Mero se encontraba en su alcoba viendo su serie favorita, sin pensar en el duro destino que se avecinaba.

En la vivienda de Cristhian la tranquilidad se hacía notar, puesto que, sus progenitores se encontraban agotados y decidieron acostarse a reponer fuerzas.

Siendo las 18h00, su celular comenzó a sonar con una dulce melodía de fondo, Cristhian se encontraba despistado, al escuchar el sonido del teléfono salto del susto, observando la pantalla, percibió que era Luis Loor su gran amigo.

– ¡Hola Luis!, saluda Cristhian con una voz perezosa, mientras se acomodaba en su suave y cálida cama.

– ¡Hola! ¡qué haces!, respondió Luis entre risas que se escuchaban de fondo.

Cristhian enfatizó que se encontraba en su casa viendo una serie y que tenía el ánimo por los suelos para querer salir de su domicilio.

“Es un fin de semana no deberías estar encerrado, salgamos a disfrutar un rato”, puntualizó Luis esa noche, con una voz sutil.

“Si sabía que pasaría esa tragedia no hubiera salido en esa noche oscura y fría, pero las cosas suceden por algo”, precisó Cristhian, mientras que en su rostro se observaba tristeza al recordar lo que sucedió en ese anochecer.

Cristhian decidió salir tras las exigencias de su camarada, se arregló un look habitual, pantalón negro como el anochecer y una camisa blanca que lo hacía ver formal, ya listo para salir necesitaba que el lucero de sus ojos le diera su bendición, no creía casi en esto, pero le gustaba cuando su madre lo hacía para protegerlo, como un niño mimado.

María era una fiel creyente a su religión católica y cada vez que salía Cristhian, le gustaba darle la bendición, para que regresara a salvo a su hogar.

En ese anochecer frio, donde la luna brillaba en la oscura tiniebla y las luciérnagas decoraban el infinito cielo, María se encontraba descansado como un dulce bebé, por el duro día que había pasado, Cristhian no quiso levantarla y dejó que siguiera descansando, despidiéndose solo con un espléndido beso es sus hermosas mejillas.

De pronto, el delicado y tierno gesto fue interrumpido por un sonido estruendoso de un automóvil, Cristhian se asomó a la ventana del segundo piso, la noche se encontraba fría y el viento soplaba rozando la piel como una suave caricia.

“Espérame, ya bajo”, enfatizó Cristhian, mientras su cuerpo se erizaba con el soplar del viento que se acurrucaba por todo su ser.

Bajando del segundo piso, en el carro se encontraba Luis un joven apuesto de estatura alta, vestía un look normal, pantalón gin y una camisa amarilla como el radiante sol, tenía lentes que lo hacían ver de aspecto intelectual.

Cristhian ingreso al vehículo y partieron sin rubo alguno, mientras Luis manejaba, iban charlando de cosas que pasaron durante el transcurso de esa semana, como si no se hubieran visto por mucho tiempo.

Al llegar era un lugar donde todos los fines de semanas le gustaba asistir, el sitio era tranquilo y la personas que asistían se divertían y bailaban al compás de las melodías que entonaba el DJ.

En el lugar se encontraron otros amigos, quienes se unieron a disfrutar de un buen fin de semana, sin pensar en la dura tragedia que se acercaba.

El ambiente del lugar era relajante, las personas disfrutaban de la música y bebían sin control, Cristhian se encontraba sentado en una mesa con sus amigos, se sentía nervioso y sus manos temblaban, un mal presentimiento sentía, pero no le hizo caso, trato de relajarse y disfruto del momento para sentirse libre como el viento.

“Me sentía inquietante y angustiado”, precisó Cristhian, mientras sus manos se juntaban con nerviosismo, como si lo estuviera viviendo en ese mismo instante.

Siendo las 01h00 am, el lugar seguía lleno de personas que disfrutaban, Luis y Cristhian se habían divertido y bebido lo suficiente, así que decidieron regresar a sus hogares.

Cristhian no sabía conducir y a pesar de lo ebrio que se encontraba, se sentía preocupado y angustiado porque Luis manejaría en ese estado.

– “Tranquilo amigo, yo manejo no te preocupes”, enfatizó Luis, mientras se arreglaba para salir en dirección a su domicilio.

En el trascurso del viaje, su preocupación aumentó a ver al Luis manejar con una velocidad inesperada, aunque se sentía libre como un ave fénix al sentir la suave brisa por toda su piel.

María se encontraba descansando en su humilde morada, cuando de un salto se asustó y su corazón comenzó a latir de una forma acelerada como un tambor, Francisco quien era el padre de Cristhian, un hombre alto y blanco se atemorizo antes el terrible sobresalto de su esposa.

– “Que pasa cariño”, enfatizó Francisco, mientras abrazaba a su esposa que temblaba de miedo.

– “Tuve una horrible pesadilla”, precisó, mientras su corazón latía como si se quisiera salir de su pecho.

Cristhian le había dejado un recado a su progenitora, que saldría a disfrutar con Luis, al darse cuenta María de la nota en su mesita de noche, las preocupaciones aumentaron, como si una voz le advertía de lo sucedido.

Después de una media hora, mientras María trataba de tranquilizarse, el teléfono de francisco suena, lo único que quería ella es que no le pasara nada al único hijo de su vida, trataba de no imaginarse hechos que la martirizaran y rezaba ante el altar que tiene en su humilde morada.

Francisco responde a la llamada, al otro lado se escucha un doctor con una voz afligida preguntando si eran los familiares de Cristhian Mero, informándole que había sufrido un terrible accidente de tránsito y se encontraba grave, la noticia lo impactó.

En ese momento María sintió que su mundo se derrumbó y entre lágrimas que rodaban en sus mejillas, gritaba el nombre de su hijo al compás del viento y oraba para que se mejorara el amor de su vida.

Al llegar al hospital le dieron indicaciones de cómo se encontraba Cristhian, el doctor de turno informo a los padres con una mirada de melancolía, que su hijo había sufrido graves fracturas y que se encontraba en coma, como si se tratara de un sueño eterno.

María no sabía qué hacer, gritaba y lloraba, no quería perder a su único hijo, a la luz de sus ojos.

A las 10h00 de la mañana, los rayos del sol iluminaban un amanecer esplendido, María se había quedado a dormir en el hospital y su esposo había salido a verle vestimenta, ella no quiso ir, no quería separarse de su hijo, y entre sus manos cargaba una estampita de Jesús, en el cual rezaba para la recuperación de Cristhian.

Desesperada preguntaba el estado de su hijo, las enfermeras que se encontraban en ese lugar no le daban razón de la recuperación de Cristhian, angustiada sin conocimiento de que hacer, en ese momento interviene un doctor de estatura mediana y cabello negro, quien enfatizo que el paciente seguía en coma, no había reaccionado y la guio para que viera a su retoño.

Desesperada y con su mirada cansada, se dirigió donde se encontraba Cristhian y por la ventanilla observaba a su hijo, quien se encontraba como si solo estuviera descansando.

A María se le partió el corazón al ver la luz de sus ojos en ese estado, “Verlo en esa camilla me dolió mucho, me imagine que le podía pasar lo peor, su cara pálida, su rostro aruñado y su cuerpo lastimado me hacían sentir culpable”, enfatizó María, mientras recuerda ese duro episodio, lagrimas caen y su voz se escucha decaída.

Lo único que le quedaba en hacer es tener fe de que su hijo se iba a recuperar, de que iba a despertar de ese profundo sueño, cada que regresaba a su casa se acercaba al altar que tiene y entre súplicas pedía por la vida de su retoño.

El doctor le informo a los padres de Cristhian, que necesitaban hacerle una operación de urgencia en algunas partes de su cuerpo ya que el impacto fue demasiado fuerte y tenía ciertas fracturas.

Los nervios y el miedo se apoderaban de María y solo le quedaba tener fe, para que las operaciones salieran de éxito.

Una mañana del 23 de agosto, María y Francisco se encontraba sentados en la sala de espera de hospital con la única esperanza de que su hijo despertara nuevo, como el sol se levanta al terminar una tempestad.

En la tarde era agradable, donde el ocaso llegaba a su fin, el doctor de turno se acercó a los progenitores de Cristhian con una gran noticia que les devolvió las esperanzas casi perdidas, había despertado de coma, sus padres se encontraban feliz y arrodillados les daban gracias al Dios de las alturas, por tan hermoso milagro.

Cristhian lo primero que vio al abrir sus ojos, fue el inmenso cielo y el panorama increíble que se observaba desde el ventanal, sintió que volvió a vivir como el despertar de un nuevo día, le estaban dando una nueva oportunidad de vida, a pesar de que no se encontraba perfectamente por las fracturas en su cuerpo, su brazo y pierna estaban enyesada.

Sus padres se dirigieron a la habitación numero 14 donde se encontraba Cristhian, María mirando a su hijo, se desplomó en llantos de felicidad y agradecía con besos a su estampita de Jesús.

Pasaron 3 semanas después de que Cristhian despertara de coma, su salud estaba mejorando y decidieron dejarlo de alta.

Con marcas en su cuerpo y en una silla de rueda fue como quedo después del accidente trágico.

Las secuelas que dejaron el accidente y los traumas que sufrió debido al estado de coma, no fue un impedimento para que Cristhian siguiera con su vida, el saber que estaba vivo y a lado de sus seres queridos hacía que se sintiera mejor, como si fuera un nuevo ser.

Desde ese accidente Cristhian no fue el mismo, su fe era grande y cada día que se levantaba, le daba gracias al ser supremo por un día más de vida, rezaba siempre por la salud de su familia y agradecía por darle una segunda oportunidad.

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