Pensamientos y ensayos filosóficos
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Galo Guerrero-Jiménez
Para hablar, leer y escribir bien, se necesita aprender a escuchar al otro y entrenar nuestro lenguajear constantemente al calor de nuestra capacidad axiológica para adaptarnos ecológica y culturalmente en los espacios físicos en los que compartimos con los demás cuando se conversa, lee o escribe; y todo con el fin de desarrollar infinidad de recursos retóricos que debemos emplear practicando las habilidades de argumentación y las funciones persuasivas que desde la práctica constante nos encaminan a manifestarnos de manera natural hasta conformar una educación del habla, de la lectura y de la escritura, desde un estilo tan personal que, nuestro destino final sea el poder incorporarnos en el devenir histórico de la lengua que, como usuarios, debemos contribuir lingüísticamente al desarrollo social de esa comunidad en la cual interactuamos.
Por supuesto que, “no es fácil a veces decidir si algo es correcto o no desde el punto de vista léxico, ya que la norma léxica está sometida a cambios más rápidos que la de tipo gramatical, aunque sí podemos determinar lo que sería menos recomendable” (Briz et al, 2008), si en nuestra formación personal y continua insistimos en acercarnos a la lectura de los textos que sean de nuestro agrado para que, con la agudeza mental que nos debe caracterizar y desde un agudo filosofar podamos adentrarnos en ese vasto mundo de palabras que debidamente argumentadas en libros y lecturas constantes, constituyan, como subraya el neurocientífico Francisco Mora:
“Un universo vario, diferente, concreto y cerrado tantas veces, abierto y disperso, tantas otras, y que discurre desde lo técnico y lo profesional en los ensayos y pensamientos más abstractos hasta ese vasto e inagotable campo de lo lúdico, de cuentos y novelas en los que se evocan percepciones, conductas, planes, cálculos, imágenes, emociones y sentimientos y, por supuesto, en ellos también, ese infinito abanico de valores éticos que, salpicados de deseos y pasiones, odio, celos, sexualidad y perversiones, alcanzan esos otros grandes y extensos capítulos de la libertad, la dignidad, la igualdad, la nobleza, la justicia, la verdad, la belleza, el amor, la felicidad” (2024).
Pues, la capacidad axiológica, cognitiva y filosófica para leer, provoca infinidad de conductas lectoras, según sean los estados de ánimo, el tiempo, el espacio, en fin, toda una ecología contextual que, desde cualquier ángulo intelectual y emocional, constituya todo un esfuerzo que, a punta de disciplina, de entrega, de constancia, tal como afirma Tatiana Landín: “Leer es una conquista. Si vamos un paso hacia atrás y tratamos de recordar cómo nos convertimos en lectores, nos daremos cuenta de que no fue un proceso fácil ni rápido. Para las primeras infancias que tuvieron el privilegio de contar con estímulos tempranos, como, por ejemplo, algún familiar que les leyera de cerca o que les contagiara el entusiasmo por las palabras, los sonidos o la musicalidad que generan las canciones, sabemos que dichos estímulos facilitan la inmersión en un mundo simbólico y lleno de sentido” (2026)
Pues, así como el hablante agudiza el oído para escuchar, el lector también agudiza el oído para escuchar desde el silencio más profundo que su concentración mental le permite, hasta sentir el ritmo de las palabras que caminan una tras otra en una aparente soledad que se aviva bajo el emocionar que ese lenguaje escrito produce en el lector: un gozo vibrante, armónico, pensante, literal e inferencialmente con la franqueza que su porte intelectual le permite para abrirse campo a lo desconocido, al asombro y a la diversidad de sentimientos que lo promuevan a ensayar un mundo de pensamientos y reflexiones filosóficas.


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