Memorias

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Por Alexandra Valencia Tenorio

Sus manos arrugadas y ojos con cataratas, como la niebla que oculta el horizonte, no le permiten identificar con quién habla. Sin embargo, asegura que esa discapacidad le ha otorgado dones especiales que le posibilitan reconocer y sentir quién está a su lado.

Doña Carmen nos recibe con un abrazo cálido, aunque no sabe quién soy. Ella insiste en que tengo un buen corazón. «¿De quién eres hija?» pregunta con curiosidad. Sonriente, respondo: «Mi madre se llama Angelica». Con una voz suave, ella murmura: «Sabes, tengo tres hijos. Uno de ellos ya partió, y las otras dos apenas se acuerdan de mí. Cuando vienen, es solo para llevarse lo poco que me regalan». Sentí una profunda tristeza e indignación, pero en mi subconsciente, a pesar de la ira, seguía escuchando.

«Doña Carmen, ¿qué la trae por aquí?», me pregunta mientras organiza las pequeñas compras que le he llevado. «Quería conocerla», respondí. Con una sonrisa alegre y coqueta, ella dijo: «Los jóvenes de hoy en día ya no quieren escuchar a los viejos». Ambas reímos a carcajadas. Ese pequeño gesto me dio una gran certeza de que había ganado su confianza.

Luego de platicar durante varios minutos, adentrándonos profundamente en su corazón, le pregunté: «Cuénteme más acerca de usted, de cómo han sido estos años». Con la mirada cabizbaja, como si mi pregunta hubiera tocado una herida en su alma, respondió: «Ay, hija, estos 78 años de vida han sido una montaña rusa, llenos de altos y bajos. Tal vez no he conocido la verdadera felicidad desde el día que me arrebataron a mi hijo». Le dije con comprensión: «Tranquila, madre, no se esfuerce sino quiere contarme». Ella, tan pura, me invitó: «Acércate, pero primero déjame tapar mis ollas. “Tengo un maldito gato que se roba mi comida, y cuando voy a ver, no me deja nada».

Nuestras conversaciones eran alegres y rebosantes de risas. Los minutos pasaban volando, y sentía que los estaba aprovechando al estar sentada al lado de una mujer excepcional.

Aunque sabía que se sentiría triste al contarme algunas anécdotas de su vida, lo hizo. Primero se enfocó en compartir el mayor dolor que la aquejaba en esta vida. Añadió que ella ya estaba muerta en espíritu, y que tal vez su cuerpo solo estaba físicamente presente, mientras su corazón y alma habían sido llevados por su hijo. Afirmaba que su hijo mayor era el único que la trataba como una reina, a pesar de estar involucrado en actividades oscuras, especialmente en quitarle la vida a otras personas. Sostenía que, para ella, su hijo era un campeón, siguiendo el dicho que dice que «para una madre, no hay hijo malo». Talvez, este era un vivo ejemplo para entenderlo. Relató que estaba en el patio, lavando ropa, cuando una vecina gritó desde afuera: «¡Carmen, Carmen, mataron a tu hijo!».

Inmediatamente, abandonó todo y se dirigió a un parque, donde encontró a su hijo tendido en el suelo con más de 15 impactos de bala. La mayoría de los testigos admitieron que el joven parecía invulnerable y que tal vez tenía un pacto con el diablo, ya que tuvieron que utilizar balas de plata bendecida para matarlo. Doña Carmen no negó esa posibilidad, incluso añadió que podría ser cierta, ya que siente que su hijo visita sus noches en forma de un animal para susurrarle al oído. Me llené de pánico al escuchar esta aclaración y le pregunté si era posible.

Ella respondió: «Sí, mi niña, todo es posible». También aclaró que cada vez que recuerda ese momento, su visión se deteriora un poco más. No ha buscado la ayuda de médicos, ella cree que esto se debe a que ha cometido muchos pecados, y uno de ellos fue hacerse la ciega y oídos sordos para proteger a su hijo.

La noté un poco entristecida, así que cambió mi enfoque y comencé a contarle chistes y anécdotas, tratando de hacerla feliz, ya que en mi interior sentía que era como una abuela para mí. Sus manos tocaban mi rostro y describían perfectamente cada parte de él. Me sentía como una niña pequeña, tal vez le recordaba a sus hijas, así que les pregunté acerca de ellas. Ella solo respondió: «¡Se casaron y me abandonaron!».

El atardecer se acercaba y sabía que tenía que irme, el sector es un poco peligroso. Pero en realidad, no quería hacerlo. Entonces, le pedí que me contara algo más, solo para poder pasar más tiempo con ella. Me relató una serie de historias que posiblemente podría escribirlas luego. Antes de despedirme, me dijo una palabra muy hermosa: ¡Regresa!. Mi corazón se llenó de nostalgia, porque no sabía cuándo volvería a verla. Cuento los días y espero regresar en estas vacaciones para compartir más momentos con ella, esperando que recuerde mi nombre, ya que el suyo nunca lo olvidaré.

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