Tecnología, modernidad líquida y lectura…

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Por Galo Guerrero-Jiménez

Dado el desarrollo vertiginoso de la tecnología, se vuelve urgente una formación filosófica para hacer un uso inteligente de estas herramientas tecnológicas que, en especial, en el campo de la educación, bien nos podría servir la filosofía, incluso la misma literatura, como enseñanza práctica y necesaria para que, como estrategias intelectuales, en medio de la dinamia y de la absorción absoluta en que la tecnología nos tiene inmersos para actuar y responder con eficiencia frente a las demandas laborables, profesionales, empresariales, educativas, científicas y de todo orden humano que la tecnología hoy nos exige para actuar y, por ende, para no quedarnos al margen, aislados del actuar socio-laboral, y a costa de lo que implicaría el calificativo de que se nos considere analfabetos tecnológicos y, por ende, desahuciados y expulsados de la sociedad en la que convivimos, porque no podemos comulgar íntegramente con el paraíso que la tecnología nos brinda para resolver todos nuestros problemas humanos.

Y, como en efecto, no es posible vivir expulsados de este ambiente tecnologizado, “hiper modernizado”, y denominado cultura de la modernidad líquida, como lo calificó el sociólogo polaco Zygmunt Bauman: “Esta modernidad se vuelve ‘líquida’ en el transcurso de una ‘modernización’ obsesiva y compulsiva que se propulsa e intensifica a sí misma, como resultado de la cual, a la manera del líquido (…), ninguna de las etapas consecutivas de la vida social puede mantener su forma durante un tiempo prolongado” (2015), de manera que sea la práctica de un humanismo acertado, comprometido con el deseo de vivir para actuar pensando reflexiva, crítica, racional y emotivamente, no tanto desde el ámbito de la competencia, sino en el acierto de una compartencia de bienes espirituales, en la que cada ciudadano exprese “su capacidad y su deseo de crear una atmósfera, un clima de crecimiento, de optimismo, de apertura de posibilidades, de creación compartida y solidaria, con expectativas positivas y con esperanza para cada aprendiz” (Pérez Gómez, 2012) del conocimiento, de la vida, de la educción y del estudio cognitiva y socio-psico-lingüísticamente asumido filosófica y creativamente reflexionado y conversado en la más viva presencialidad de nuestra genuina humanidad.

De lo contrario, estamos asistiendo, por un lado, a una forma positiva de la tecnología, puesto que, “en la era global de la información digitalizada el acceso al conocimiento es relativamente fácil, inmediato, ubicuo y económico” (Pérez Gómez, 2012); pero, por otro lado, el más preocupante, y desde el análisis de una actitud filosófica, para darnos cuenta que, como señala Santiago Berute, “hemos descubierto con una mezcla de pasmo y angustia que podemos compartir nuestras intimidades en las redes sociales sin dejar de sentirnos solos. Hay algo desconcertante y aterrador en el hecho de que, cuanto más conectados estamos, mayor es nuestra sensación de incomunicación. Acaso porque, sepultada bajo una avalancha de datos irrelevantes, la verdad se torna irreconocible y la autenticidad se confunde con la impostura” (2021) pueril y desfachatada; posición con la cual nuestra juventud, políticos y profesionales en general, poco preparados axiológicamente, comulgan a diario con esta impostura, sin darse cuenta de esta realidad nefasta, en la que la ausencia de un pensamiento reflexivo y crítico, los está conduciendo a una existencia amorfa, atomizada, sin forma humana.

Insistimos, por lo tanto, en una capacidad de reflexión filosófica para que aflore un pensamiento ecuánime, con ideas sustantivas que sí existen en la información digitalizada y, ante todo, en los grandes modelos de ideas con condumio científico, filosófico y/o literario que porta un buen libro en físico, de autores que con su aporte humanístico, nos hagan pensar que “no necesitamos más tecnología para resolver los problemas causados por la propia tecnología, sino más conciencia crítica a la hora de emplear unas herramientas digitales que van camino de convertirnos en sus herramientas. Es cierto que estas pueden facilitar nuestras relaciones interpersonales y el aprendizaje, pero no lo es menos que empobrecen nuestra experiencia” (Berute, 2021), porque debe estar revestida de vida humana y saludablemente asumida desde una comunicación dialógico-reflexiva y desde una escucha fenomenológicamente activa.

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