ZURDOS

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Por Rubén Darío Buitrón

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Éramos 48 niños de seis años, pero ninguno lloraba como yo. Sentirme a merced de esa jauría desbocada y de su domador, un cura de apellido Haro, elevaba los decibeles de mi angustia.

Haro paseaba su sotana negra y su mirada amenazante por los pupitres y notó que había dos hijos del demonio en el primer grado A del colegio La Salle: Santiago y yo.

Nos condenó a sentarnos juntos en un doble pupitre porque ambos veníamos con falla de origen: éramos zurdos. Y ser zurdo era ofender a Dios, era una actitud siniestra.

Nos exigía escribir como niños normales. Y lo decía en voz alta, para que los compañeros se rieran y nos pusieran apodos.

Pero Santi era manco. En lugar de su mano derecha tenía un muñón. Había nacido así.

¿Cómo planeaba Haro hacer que Santiago escribiera con la diestra? Era imposible. Aún así, buscaba maneras de castigarnos por hacer los dictados y los deberes con letra patoja e inclinada a la izquierda.

Santi se volvió mi mejor amigo, mi hermano. Un día, en el recreo, alguien le gritó “Manco Cápac”. Reaccionamos y, entre lágrimas y gritos, con un izquierdazo suyo y una patada mía noqueamos al agresor.

Terminamos sexto grado con la carga de la envidia ajena. A pesar del acoso, Santi y yo fuimos condecorados entre los cinco mejores estudiantes y deportistas de primaria.

Luego, la tradición familiar se impuso: Santi se fue al colegio San Gabriel y yo me quedé en La Salle.

No volví a verlo por años. Lo llamaba y decían que no estaba. Me pareció extraño. Sus papás y ñaños me querían y yo añoraba nuestra infancia de los deberes, de chupar helados, de ver la tele, de tomar chocolate con quesadillas, de jugar ajedrez, de patear la pelota.

Un día yo iba a pie por la Seis de Diciembre y lo vi venir. Hablaba solo, miraba sin mirar, la ropa desaliñada. Me acerqué a abrazarlo, le grité “¡Santi!”, pasó de largo.

Después supe que el bullying escolar lo había afectado tanto que en el colegio no se adaptó y se dedicó a la droga.

Pasaba el día yendo y viniendo por la misma acera. Pedía a los transeúntes que le regalaran cigarrillos, buscaba en los basureros o en la acera restos de algún pucho.

El inteligente niño ahora era un garabato. Su brillante cabello rubio con peinado de principito estaba opaco. Sus ojos verdes se teñían de bruma. Sus mejillas rosadas eran tristes.

Una noche recibí llamada de su hermano Pato. Entre sollozos, me dijo que Santi se había colgado de una rama del árbol del patio de su casa.

Ambos teníamos 18 años. Yo también planeaba lo mismo, pero él fue valiente y yo cobarde. Ni siquiera tuve la fuerza para ir a su entierro. Desde entonces arrastro un vacío que ni el Rivotril ni el Neuryl han podido llenar.

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