PRUEBA DE AMOR

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Por Rubén Darío Buitrón

Abrí los ojos. Estaba en una cama extraña. En una habitación extraña. Las paredes y los objetos, también extraños. Los colores, los olores. Pero lo más extraño era el intenso dolor en los huesos del rostro. En el centro de mi rostro.

Me levanté. Estaba vestido, incluido zapatos y chompa. ¿Dónde estaba? Me acerqué a un espejo ovalado, sin marco, opaco, colgado de una de las paredes del cuarto.

Vi mi rostro. O lo que quedaba de él. No pude distinguir mi nariz. Hinchada, con costras moradas y sangre seca. Era la razón de mi dolor. También tenía manchas oscuras bajo los ojos.

Entonces recordé. Como si se hubiera presentado, de pronto, un fotograma de una película de terror. Yo estaba en el piso, tratando de levantarme para defenderme. Vi que un puño enfurecido se venía hacia mi cara. Vi el gesto de odio de Salomón. Escuché gritos. De Carmen, en especial. “Mátalo al hijueputa”, oí.

En ese instante se detuvo mi memoria.

Los ruidos que yo hacía en la habitación, mientras trataba de recordar cómo llegué a ese lugar, motivaron que Adolfo abriera la puerta y me abrazara. Con la voz entrecortada, me dijo: “Hermano, esa bestia te masacró”.

Entró doña Rosa María, mamá de Adolfo. Traía una lavacara de losa blanca, unos frascos con alcohol, una toalla y un paquete de algodón.

Anita, hermana adolescente de Adolfo, venía atrás. Me acercó una bandeja de madera con un jarro de cerámica con la imagen de la Universidad Central y dos panes de dulce. “Sírvase un cafecito con pan”, susurró con un poco de rubor en sus mejillas.

Pregunté la hora. Casi mediodía. Adolfo debía marcharse a su trabajo. Además de estudiar Periodismo, donde era mi compañero, era chelista de la Sinfónica Nacional. Los ensayos eran a las tres de la tarde.

Rosa María era enfermera. Y no era casual que estuviera curando mis heridas y golpes: Adolfo me había traído en un taxi, a eso de las cuatro de la mañana, le había despertado para contarle lo que lo ocurrió y le pidió que no madrugara al hospital donde trabajaba, que se quedara para atenderme.

Antes de irse, Adolfo me contó lo que había ocurrido. Carmen estaba borracha y, como solía hacerlo, me desafió a bailar con la novia de Salomón. “No te atreves”, gritó mientras me empujaba en dirección a la pareja.

A Carmen le gustaba que le dijera que no, que yo sólo bailaría con ella. Era su delirante manera de amar: exigir pruebas de lealtad que ella no mostraba.

Pedí a Salomón permiso para bailar con su enamorada. Carmen se acercó, tambaleante. “Salo, no se lo permitas, es un mujeriego desgraciado”.

Mientras Rosa María decía que debíamos ir urgente al hospital porque tenía roto el tabique, la hermanita de Adolfo me preguntó si deseaba poner azúcar en el café. Le dije sí, gracias, porque entendí que, a partir de ese día, todo me sabría amargo.

 

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