El reflejo del espejo

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Por: Adriana Zambrano Arroyo

La vida en ocasiones es un completo viaje de aciertos y desatinos, que permiten llegar a un aprendizaje y a su vez posibilitan emerger como lava de volcán que emana de lo más profundo de sus entrañas.

En un día normal del mes de febrero del 2020, bajo la brisa marina de la ciudad de Jaramijó junto a unos ardientes rayos de sol que adornaban de destellos el azul cielo del firmamento, encontramos a Emily Cevallos, quien con su look normal (una blusa color palo rosa, un jean y unos zapatos estilo deportivo color negros), pareciera tener una vida normal sin mayores complicaciones, sin embargo, no todo lo que brilla es oro y aunque en la actualidad su ser refleje mucha tranquilidad y alegría, hace unos años atrás libró una de sus peores batallas.

“Todo comenzó cuando tenía unos 15 o 16 años cuando noté que mi apariencia, específicamente mi cuerpo me incomodaba”, relata Emily con la mirada fija en el firmamento, pues para ella cada pequeño rollito era sinónimo de estar pasada de peso.

Cada día Emily se levantaba a las 05h00 para alistarse e ir al colegio, pero antes de eso, nunca pasaba por alto aquel crucial momento: el de verse en el espejo. “Tenía que verme flaca, sin embargo, aunque lo estuviera, para mí en ese entonces, nunca era suficiente”, describe la jovencita mientras echaba un vistazo a su celular.

Luego de que el papá de Emily la dejase a ella y a su hermana en el centro educativo donde estudiaban, la mañana transcurría con normalidad, sin embargo, al momento de llegar el receso, Emily a diferencia del resto de chicos del colegio no iba en búsqueda de comprar algo al bar, ni sacaba algo de su mochila, ella en cambio no comía, repitiéndose una y mil veces “esto lo hago para verme como esas chicas de las revistas” y es que para Emily verse delgada no era una simple opción, eso debía convertirse en su realidad.

Minutos antes de la hora de salida de clases, una de sus mejores amigas llamada Valentina Arcos le advirtió:

– Emma no has comido nada, si sigues así vas a desaparecer. –

– Vale no ves que aún estoy gorda, si como algo en el recreo no voy a poder estar esbelta y verme como quiero – replicó Emily.

– Si ya pareces un palo Emma, la única diferencia entre ese objeto y tú, es que tú tienes brazos, manos, pies, cabello y además de eso hablas, cosa que un palo no hace. – bromeó Valentina en su afán de hacer entrar en razón a Emily.

A lo que Emi no respondió, solo se inmutó a alzar los hombros en señal de indiferencia ante dicho comentario.

Transcurrieron varios minutos y la hora de irse del colegio había llegado, Emi estaba inmersa en sus pensamientos, recordando una y otra vez las palabras de Valentina, sin embargo, para ella eso no era suficiente, se sentía como un robusto manatí.

Al salir de aquel trance que la embargaba, Emily se fijó en el reloj que adornaba su muñeca izquierda y se percató de la hora, voló para buscar a Julissa (su hermana) y esperar que los segundos pasaran hasta que su papá llegara para llevarlas a casa.

Transcurrieron 10 minutos cuando Emily y Julissa escucharon el estruendosa bocina del auto de su papá, enseguida se levantaron de los asientos y se dirigieron hacia el vehículo.

Estando ya en el carro, Kelvin, papá de las jovencitas, mirando fijamente hacia la carretera les consultó:

– ¿Qué tal su día mis vidas? – preguntó con curiosidad su papá.

– Bien papá – contestaron al unísono Emi y Juli.

Sin embargo, Julissa empezó a mencionar las situaciones interesantes que le habían pasado en ese día de clases, a diferencia de Emi que solo se limitó a articular lo anterior, para posteriormente musitar “o eso creo” con un hilo de voz.

Después del almuerzo, la tortura empezaba, Emily además de casi no comer nada o de simular que comía, se iba a su cuarto y empezaba a mirarse en el espejo. “Yo realmente quería que, al mirar mi reflejo, se notara ese espacio entre mis piernas, que comúnmente tienen las chicas flacas”, se refería un tono nostálgico.

No obstante, la depresión de Emily caló tan profundo en su ser, que inclusive ella llegó a hacerse pequeños cortes en la zona del abdomen, “creía que al rasguñarme la grasa que tenía iba a salir con la sangre, realmente yo no me aceptaba”.

Así, bajo esa negra bruma, transcurrieron el resto de los días del año, entre esos pensamientos infinitos que martirizaban la tranquilidad de Emily y no daban tregua a la paz que no solo su mente, sino que su ser completo necesitaba.

A inicios del año 2017, Emily gracias al apoyo de sus amigas, familiares cercanos y de la psicóloga estaba iniciando un proceso de aceptación, sin embargo, la segunda semana de febrero de dicho año, llegó la cúspide del momento más crítico que ella ha atravesado.

Era sábado y el tic tac del despertador marcaba las 09h00, Emily se levantó, fue a desayunar y posteriormente se arregló, “justamente ese día me puse una ropa que no acostumbraba a lucir nunca, porque me veía gorda”, pero ese día Emily sintió que no le quedaba tan mal y se animó a si misma de ir vestida así.

Apenas tanto Emi como su hermana estuvieron listas, se dirigieron al auto donde su papá las estaba esperando y emprendieron el camino hacia la casa de su abuela. En el trayecto Emily dudó acerca de su atuendo y reflexionaba si ese vestido había sido una buena elección, sin embargo, ella esperaba que así fuera.

Llegaron a la casa de su abuela Danny, quien las recibió con una cálida muestra de cariño en la frente y luego se dirigieron hacia la papelería que le pertenecía a su abuela ubicada a los lados de la casa. Emily y su hermana estaban ayudando a atenderla, cuando su abuelita agarró a Emily del brazo y la alejó de Juli para articular:

– Te doy un consejo de abuela a nieta – propuso la abuela.

– Sí claro, dígame abuela – contestó la jovencita.

– Lo que te voy a decir es porque siempre quiero lo mejor para ti, esa ropa que cargas no te hace ver bien, es más te ves más gordita, debes comer menos. – aconsejó la abuela mientras escudriñaba a su nieta.

En ese preciso instante Emily sintió como algo dentro de ella dolía y simplemente se limitó a refutar “pero yo me siento bien”. Su abuela continuó alegando que Emi debía dejar de comer ciertos alimentos que la hacían lucir como una foca obesa, sin embargo, Emily estaba delgada, incluso parecía que en cualquier momento desaparecería de lo escuálida que estaba.

Para el almuerzo, su abuela le sirvió una porción normal a Julissa, mientras que a Emily la dejó sin comer, le sirvió simplemente una minúscula porción, aduciendo “es por tu bien que lo hago”.

Después de haber degustado ese mal momento, su papá llegó y tanto Emily como su hermana se fueron de regreso a casa.

Ni bien llegaban a su hogar y Emily trepó cual guepardo las escaleras que daban a su cuarto, con la mirada totalmente empañada y sintiendo un tambor latente en su pecho, la joven se observó detenidamente en el espejo, dándose cuenta de que parte de lo que le había dicho su abuela era verdad, sus clavículas ya no se le marcaban como hace unos meses atrás, además al medir sus muñecas, éstas presentaban unos centímetros de más y con eso mil y un gotas rodaron por su faz empapando las cobijas de su lecho.

Luego de ese tiempo desagradable, Emily se puso a hablar con su mamá, quien acompañaba cada uno de sus pasos desde el cielo. Al terminar dicha charla, ella sintió unas fuertes ganas de vomitar, aceleró su paso para llegar al baño y en ese preciso instante sintió que alguien la halaba y la abraza para evitar que lo hiciera.

Esa noche Emily no pudo pegar el ojo por todas las ideas que su mente y su corazón albergaban.

“El 25 de junio corresponde a una fecha muy especial para mí, porque ese fue el día en que me acepté y le prometí a mi mamá que jamás volvería a sufrir por lo que parlotearan los demás”, confesó Emily con las ventanas de su alma sumamente brillantes y rebosante de orgullo.

A partir de ese decisivo suceso, Emily decidió que nunca más iba a dejar que alguien tuviera la potestad de hacerla sentir que algo en su cuerpo estaba mal, se arriesgó a aceptarse, a quererse tal y como estaba, dándose ese amor que por mucho tiempo a su cuerpo le hizo falta.

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