El martirio de Gina

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Por: Alexandra Toala

Son las 17h00 horas del 27 de junio, el sol está próximo a ocultarse bajo el manto del mar, la ciudad se vuelve un movimiento sin cesar entre transeúntes y sonidos de claxon, las personas como hormigas buscan culminar sus compras diarias, y se aventuran entre el revoloteo del mercado.  

Desde la ventana de su casa observa pensativa Gina del Roció Bailón Mero, distante de todo, pero sin perder ningún detalle de lo que sucede a su alrededor, no se le escapa nada, claramente divisa que aquella persona que acaba de comprar unos huevos ha dejado caer uno sin darse cuenta.

Calculadora, sabia y muy inteligente, doña Gina como la conocen, es un ejemplo de experiencia pura, su pelo ya pinta algunos años, aunque asegura que no son tantos como pensamos, sus ojos color bosque tienen un tinte de misterio.

Al divisar mi llegada, enseguida bajó por las escaleras, con entusiasmo abrió la puerta de las rejas que divide su parcela de la calzada.

Sonriente alistó unas sillas en su portal, saludó con un estrechón de mano, sin preocupaciones por el Covid, porque su mascarilla era ya «suficiente defensa».

Sin perder tiempo, como si hace mucho no hablara con nadie, relató todo lo que pasó en su vida, no esperó preguntas, ella anhelaba desde hace mucho que su historia fuera escuchada, un sentimiento reconfortante recorrió el lugar de la plática, una sensación que pocas veces se logra percibir en la vida.

El camino de Gina no ha sido sencillo, desde joven sufrió lo que antes era algo “normal”, la mujer no tenía un papel tan relevante en la sociedad, “Ser ama de casa y criar a los hijos, eso era todo lo que hacía una mujer en mi infancia”. Además, reveló que había sido criada en un ambiente machista, la violencia fue su compañera desde temprana edad.

“En mi casa los hombres comían primero, las mujeres solo podían sentarse en la mesa una vez hayan lavado los platos y limpiado la misma”, aclaró con pesar mientras en su rostro se formaba una expresión de desagrado.

Gina continúo describiendo que estas situaciones le generaban verdadero pánico, “Los mejores momentos los pasaba cuando me encontraba sola con mi madre, me sentía en paz”, puntualizó Gina.

Estos comportamientos estuvieron marcados como cicatrices en su mente, heridas como golpes en su rostro y rasguños en su piel que con el tiempo le traerían consecuencias mucho peores, “Me volví insegura de mi misma, eso me hizo una persona débil y vulnerable”, confesó Bailón mientras decepcionada veía circular el tráfico.

Una mujer hermosa, pero tan maltratada durante su infancia, no concluye en un buen resultado, Gina estaba desesperada por recibir el afecto que en su infancia no había recibido, en un movimiento angustiado por escapar de las cadenas de su hogar, decidió casarse a muy temprana edad, “Tenía 16 años, quería huir de casa a como diera lugar, cuando se dieron las cosas con Martín Sánchez (su primer esposo) no lo pensé dos veces”, lo que hasta ese momento Gina no imaginaba era la pesadilla que estaba por comenzar a vivir.

Al comienzo las cosas iban bien, Gina recibía lo que tanto había deseado, “Era todo hermoso, me sentía querida”, sin embargo, luego se desataría lo peor. Gina amplía en un viaje entre sus recuerdos que todo empezó por una conversación que no olvidará jamás.

Se encontraban en la sala de su casa, Martín comenzaba a llegar ebrio y a altas horas por la noche, en una de estas ya recurrentes situaciones, Gina decidió hacerle frente, sin pelos en la lengua le reclamó por su accionar.

– ¡Dónde estabas! – le dijo exaltada.

– ¡Eso a ti no te importa! – respondió Martín furioso.

Sánchez bajo los efectos del alcohol se tornó violento y le propinó una cachetada.  Recordar este suceso hace que hasta el día de hoy a Gina se le ponga la “piel de gallina”, algo se rompió dentro de su ser.

A partir de aquel recuerdo, la tristeza de Bailón llega a su corazón, sus ojos se mostraron rojos, sutiles lágrimas recorrieron su mejilla. Limpió su cara, pidió disculpas y prosiguió con su relato, “Luego de eso todo se volvió oscuro, el maltrato era cada vez recurrente, una vez casi me rompe el brazo”.

El daño era tanto que no solo la afectó físicamente, las verdaderas llagas quedaron en su mente, Gina nunca denunció a su agresor, es más se sentía culpable por los golpes que le propinaba, “En mi mente todo era mi culpa, era una joven con miedo, por mucho tiempo aguanté este comportamiento hasta que decidí separarme”, admitió Bailón levantando efusivamente sus manos.


Otra oportunidad

Una persona que ha vivido este tipo de amargas experiencias, generalmente se encierra en una burbuja de pesimismo, sin embargo, si algo ha caracterizado a Gina, es su valentía y coraje.

Doña Gina nunca cerró las puertas de su corazón, después de sus trágicas vivencias llegó como una luz al final del túnel Sebastián Salcedo, su último y eterno amor.

Es un hombre de gran estatura, algo delgado, con peinado de oficinista, al verlo transmite una vibra tímida pero agradable, no selló sus sentimientos al escuchar la historia de su amada.

“Cuando la conocí fue muy difícil adaptarme a como era ella, desconfiada, rencorosa y en ocasiones hasta amargada, pero sin lugar a dudas un ser humano hermoso en todos sus aspectos”, enaltece con cariño Salcedo.

El camino para ellos dos no ha sido fácil, los altibajos han estado presentes, pero sus deseos de formar algo hermoso han dado sus frutos, tuvieron su primer y único hijo hace 10 años, un niño sano y feliz que crece en una familia unida.

Para Gina no fue fácil luchar con sus fantasmas del pasado, que de vez en cuando siguen tocando su ventana en la noche fría y macabra, a pesar de aquello la fuerza de voluntad añadido a un buen compañero le devolvieron la sonrisa.

Así como ella miles de mujeres en el país sufren de violencia, su mensaje final es claro, ¡no callen!, ¡denuncien!, ¡no teman!, siempre habrá una puerta al final del triste pasillo, una razón para recuperar la sonrisa.

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