Dos vidas latiendo.

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Por: Sofía Saldarriaga

Con el cabello perfectamente recogido, el maquillaje natural y un cómodo atuendo que delata la ajetreada vida que lleva actualmente luce Fernanda Palacios al encontrarse en la flor de la vida con 40 años y pasando por 4 cesáreas. La voz se le quiebra y su vista se nubla con recuerdos al evocar memorias de que la última vez que pasó por un quirófano su vida y la de su pequeño estuvieron en riesgo.

Hace dos años todo marchaba de maravilla, y a pesar de conocer los riesgos de experimentar un embarazo a la edad que tenía, María Fernanda Palacios o “Mafer” como le dicen de cariño se regocijaba al saber que el cielo le había concedido el regalo de la vida, acunando en su vientre un pequeño ser.

Con una tenue y dulce voz empieza a narrar cuando en su último trimestre de embarazo se abrió un capítulo de peripecias en el libro de su vida, un accidente automovilístico desencadenó un estrés post-traumático afectando también al feto, poco después una parálisis facial amenazó con poner pausa a sus radiantes sonrisas habituales.

Sin embargo, a lo largo de su vida nunca se ha topado frente a una roca tan grande que pueda detenerla y esta vez no fue la excepción.

A pasos de hormiguita el momento del parto se iba aproximando, susurrando en su oreja que debía prepararse para cualquier situación como la mujer fuerte y precavida que ha sido siempre. Al hacerse su último chequeo y ecografía le informaron que el bebé debería nacer pronto, ella había desarrollado diabetes gestacional y resultaba aún más peligroso con sus antecedentes de hipertensión.

-Sus pulmones ya están desarrollados, es un bebé grande y está listo para conocer el mundo- pronosticó alegremente su médico mientras le limpiaba el gel del abdomen.

Al salir del consultorio, de la mano de su amoroso esposo decidieron planear definitivamente la fecha y el lugar del alumbramiento. Gracias a que ambos realizan aportaciones al Instituto Ecuatoriano de seguridad Social (IESS) pudieron hacer uso de su seguro y con ayuda de un par de conocidos se pudo programar una cita en la misma semana confirmando el famoso dicho de que los niños vienen con un pan bajo el brazo.

Pero la historia toma un giro particular en este punto, a pesar de que la familia entera rebozaba de alegría por la llegada de un nuevo integrante, la realidad les dio un golpe en la cara con las estadísticas de los riesgos existentes. Era un secreto a voces el hecho de que había muchos peligros al llegar al quirófano, y aunque todos quisieran evitar el tema, el miedo, la incertidumbre y la ansiedad tomaron puesto en la mesa.

-Hija, por favor cuida de tus hermanos, la comida queda lista y separada en la nevera, y ya que eres una mujer de fe, igual que yo, ora mucho por nosotros- imploró sutilmente mientras le tomaba las manos a su hija mayor minutos antes de partir al hospital. Sus ojos se cristalizaban temiendo encontrarse frente a una última despedida.

Con ropa cómoda puesta, un bolso y la pañalera lista comprendió que el momento de despedirse había llegado. Estrechó contra su pecho a su hija mayor y su hijo menor, luego les dio un beso en sus frentes transmitiendo el inmenso amor que les tenía y partió.

Eran altas horas de la noche cuando se dirigieron al hospital, a Mafer el camino se le hizo eterno y la ventana le proyectaba recuerdos de todo tipo generando un hoyo negro en el estómago junto a una sensación de vértigo que solo la mano de su esposo pudo calmar.

-Te amo, todo saldrá bien, y en dos días estaremos en casa sosteniendo en brazos a este chiquitito- Consoló Pedro Soledispa, mientras con dulzura acariciaba el vientre pronunciado de su esposa. Él manejaba con la vista clavada en el asfalto mientras su mano derecha en todo momento estuvo entrelazada a la de Mafer.

Después de llenar ciertos formularios, la hicieron pasar al segundo piso donde se encuentra el área de ginecología y maternidad, en la entrada tuvo que despedirse de su amado ya que es un área restringida para hombres. Le dio un beso profundo y amoroso tratando de transmitirle paz, luego le aseguró que la esperaría en la sala de afuera.

Era un jueves 05 de julio del 2018 por la noche, en la oscura y fría habitación del IESS de Manta, y Fernanda  se encontraba sola nadando en el mar de sus pensamientos, mientras su corazón se ahogaba en recuerdos y un nudo se apretaba en su garganta.

Le habían informado que existía un alto riesgo de mortalidad durante su parto programado para el día siguiente inevitablemente se fue abriendo un abanico de ideas en su cabeza, como la de quien está por subirse a una montaña rusa.

-Tendrán que firmar aquí- señaló la enfermera mostrando el acta de consentimiento la cual especificaba que procederían a realizar los médicos en caso de que alguna de las dos vidas se viese en peligro, dejando en manos del padre la decisión de que vida salvar.

Llegó el gran día y los nervios carcomían a los integrantes más allegados de la familia, Fernanda se armó de valor y se preparó para pasar por cuarta y última vez por el proceso de la epidural, deseando con todas sus fuerzas que todo saliera bien, amando con todo su ser la existencia del pequeño bebé que estaba ansiando salir. Eran dos vidas latiendo dentro de un mismo cuerpo, dos vidas latiendo en un mismo corazón y Fernanda estaba preparada para conocerlo.

Durante el proceso quirúrgico estuvo presente una de las mejores amigas de Mafer, la cual es médico y estuvo asistiendo la cesárea. La tensión en casa se podía cortar con un cuchillo, pero en el quirófano la historia era diferente porque la doctora encargada era experta en este tipo de cirugías, sin embargo, al hacer la primera incisión hubo un corte en la vejiga. El proceso siguió el camino indicado, luego de sacar al bebé de la placenta el sonido de los monitores empezaron a indicar que Fernanda estaba sufriendo una descompensación, los doctores actuaron lo más rápido que pudieron y lograron manejar el problema. La escena era un baño de sangre, sin embargo, todos salieron victoriosos.

Horas después se encontraron madre e hijo en la sala de recuperación, con lágrimas en los ojos por parte de ambos y un enorme agradecimiento celebrando la vida de un nuevo sol que iluminaría la vida de Fernanda hasta que Dios disponga lo contrario.

Actualmente Nicholas es el menor de cuatro hermanos, tiene tan solo 2 años y es la alegría de toda su familia. Pasa el día brincando, jugando y pintando sonrisas en la cara de todos. La felicidad parece no tener fin cuando de él se trata, pero no siempre fue así de sencillo, ver al pequeño es revivir que su vida y la de su madre es una fortuna dentro de las estadísticas.

Crecer con la felicidad de quien explora el mundo y ve cosas nuevas en él a diario es una maravilla, el tiempo es oro y a pesar de que la vida va con prisa, son las pequeñas cosas como un beso y un abrazo lo que hacen sentir agradecido y afortunado a cualquiera de poder respirar, estar con vida y amar con todas tus fuerzas a tus seres queridos. Hoy Fernanda sabe eso, y junto a sus 4 hijos, sosteniendo la mano de su amado esposo disfruta la vida agradeciendo el milagro de existir.

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