Daisy

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Por Rubén Darío Buitrón

loscronistas.org

En esa época viajábamos mucho. Yo era reportero itinerante del noticiero de Teleamazonas y visitaba ciudades y pueblos descubriendo cosas que otros periodistas no alcanzaban a mirar desde su escritorio en Quito.

No tenía nadie a quién rendir cuentas. Era el trabajo perfecto. Algunas noches, terminada la tarea cotidiana, acompañaba a mi camarógrafo y mi ayudante a los prostíbulos. Ellos desfogaban sus deseos y yo, con ínfulas de escritor, elegía con otra intención a una de las tres mujeres que se nos acercaban.

Carlos y Julito se iban con ellas a los cuartos y la chica restante esperaba lo mismo conmigo, pero yo le proponía pagar lo que correspondía por el servicio sexual y le explicaba que no quería acostarme sino conversar y escucharla, aunque entendía que lo que me dijera sería ficción. ¿Por qué tendría que contar su vida a un extraño?

En un antro de las afueras de Quevedo conocí a Daisy. Era su nombre de guerra. Inútil preguntarle por su otro nombre o indagar su vida privada. ¿Para qué? Hay temas que deben reposar en el íntimo baúl del alma, vahos que nunca debemos limpiar de los cristales.

Ella era mulata, vestía minifalda roja, con muslos generosos, y una blusa que casi no ocultaba sus senos. Tenía unos veinte años y en su rostro moreno brillaban intensos ojos verdes. Estaba un poco ebria.

Una hora después, su más sensual tono de voz se deslizó entre el ruido atronador de la noche y me pidió que fuéramos a su cuarto. Respondí que ese no fue el acuerdo, pero mi voz sonó tan poco convincente que se perdió en el alboroto del cabaret. No te cobraré, me dijo. Y calló.

Dos lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Lo pensé mejor. Y con mi impostura de literato, acepté, pero con un plan secreto: conocer su espacio íntimo para recrearlo en un cuento que escribiría más tarde en el hotel.

Sin embargo, cuando Daisy cerró la habitación por dentro con un enorme candado y tiró hacia afuera la llave por debajo de la puerta miré el entorno y entendí que si quisiera escapar, no sería posible.

Encendió la luz amarillenta y opaca de una lámpara de plástico dorado situada sobre una mesita. Se desnudó, me empujó al catre y se colocó sobre mí. Fue insistente en sus susurros: abrázame, por favor, abrázame.

Cerró los ojos y posó su cabeza sobre mi pecho con la camisa semiabierta. No te desvistas, dijo, sólo protégeme del demonio.

¿El demonio? ¿Qué demonio? Su proxeneta? ¿Su marido? ¿Su amante?

Salgamos de aquí, por favor, mascullé con el aire de la boca hacia adentro. Daisy no respondió. Un suspiro largo evidenció que se había dormido.

Minutos después sonó, insistente, mi teléfono celular. Carlos y Julito estaban buscándome para marcharnos.

Déjame salir, le pedí a Daisy, aunque era obvio que no me escuchaba. Su respiración era un sereno mar que iba y venía. Y en ese oleaje me dejé llevar.

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