Como diamantes en el cielo desde la cima del mundo

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Por: Angie Quijije

En medio del penetrante frío que invadía el cuerpo de Stephanie Sornoza, quien junto a 9 compañeros caminaban sin parar, se encontraba una mínima esperanza de llegar al lugar deseado. Tantas horas de sufrimiento hicieron que lágrimas recorrieran las mejillas de Stephanie al llegar a su destino, así es como ella, con brillo en sus ojos define su travesía hasta llegar al volcán Chimborazo, donde se juntan tantas experiencias inolvidables.

Viernes, 5 de julio del 2019. Stephanie y sus compañeros universitarios deciden viajar a la sierra, emocionados emprenden el viaje desde Manta, como niños con un juguete, se entusiasman por saber lo que les espera. Para que no sea una sorpresa, deciden subir una pequeña loma como práctica, recalca Stephanie que no fue nada fácil, y se cansaron de tal manera que regresaron a descansar al hotel, para estar realmente preparados y con todas las ganas de comerse al mundo.

Aquel grupo de amigos durmieron aquella noche como bebés, acurrucados en sus sabanas, soñando en el gran día que les esperaba después de unas horas.

6:00 horas del sábado, 6 de julio del 2019. Stephanie prepara su bolso y cree llevar todo lo necesario para la gran aventura, salió del hotel sabiendo que no regresaría sin cumplir con el objetivo de aquel viaje. Después de una hora llegaron al sendero que los guiaría a su destino, lleno de rocas, tierra movediza y con un poco de inclinación, sentía que, sin duda, era el camino más desastroso que pudieron haber tomado.

A lo lejos visualizaron la presencia de una pequeña choza, como en un cuento de hadas se sintieron al ver a una señora, quién nunca dio detalles de su identificación, ofreciéndoles un té para poder continuar. Stephanie recalca los “poderes” que según poseía aquel té, ya que, según la señora, este era capaz de aumentar su fuerza y aguantar aún más el frío. “Nos sentíamos como Superman, como si podíamos con todo, esa fue la sensación después de la persuasión que nos dio la viejita” recalca, tras aquella experiencia.

Después de aproximadamente 3 horas de camino sin parar, llegaron a una explanada, donde el color verde predominaba en aquel lugar, por el espléndido césped que lo rodeaba. El parar en aquel espacio no fue para un descanso, realza Stephanie que hicieron un pedido a la “Pachamama”. Con toda la fe del mundo, pidieron con ansias salud y bienestar para poder llegar con bien a su destino.

Debido al largo tiempo que tenían por recorrer, la altura, y el cansancio, cuenta Stephanie que varios compañeros decidieron tirar la toalla en ese momento, la mayoría se encontraban en un estado de desaliento, algunos del color de la nieve por la palidez, otros como leones querían devorar cualquier alimento por el hambre que poseían. Al visualizar aquella escena solo una cosa se le ocurrió hacer.

Stephanie, agarró fuerzas de su interior, fuerzas que ni ella misma sabía que tenía, y con palabras de aliento, se refirió a sus compañeros-rendirse no era una opción-, habían luchado tanto por llegar hasta donde estaban, una experiencia así no se vive dos veces, ¿qué llegarían a contar a sus casas? Sus compañeros con un poco de resignación, se observaron y siguieron su camino, a pesar del desgano que no podían dejar a un lado.

Las horas corrían y corrían, cada vez más Stephanie sentía como el frío iba aumentando, creía que jamás llegaría a su destino, pues el tiempo pasaba y el camino se alargaba. “Nunca había caminado tanto en toda mi vida” recalca, quien a su vez añade el compañerismo de aquel día. Nadie apresuraba a nadie, cada quien iba al ritmo que deseaba.

La altura aumentaba y a su vez la presión bajaba, sentía como se quedaba sin respiración y su cuerpo trabajaba cada vez menos. En situaciones como estas se llega a improvisar para sobrevivir, por lo que, agarraban hojitas de menta del piso y las usaban como mentol. Sentían que eran parte de la naturaleza, que esta estaba en su contra, pero a su vez los ayudaba con pequeñas cosas para que puedan continuar.

Cuando menos lo esperaban, después de 9 largas horas, llegaron a las faldas del Chimborazo, su gran destino. Stephanie se entusiasmó tanto que no paraba de llorar, sentía como la naturaleza recorría su cuerpo. Otros, se lanzaron al piso con el poco aliento que les quedaba, muertos del hambre y de sed, se abrazaban de felicidad y despreocupación al verse viviendo aquel momento. Stephanie, por su lado, se sentía la reina del mundo al apreciar el sublime paisaje que la rodeaba.

La felicidad se fue desvaneciendo, ya que no se podía dejar a un lado los síntomas que sufrían algunas personas “en ocasiones sentía que estaba en un hospital, pastillas y enfermos por todos lados” aseguró Stephanie, donde poco después decidió realizar una fogata, sabía que la comida era la cura de aquellos males, organizó a sus compañeros por grupos y prepararon los alimentos más exquisitos que habían probado. Esa sensación de recibir comida a su organismo, hizo que se recuperaran por un momento y que dejaran a un lado el malestar.

El anochecer se acercaba, lo que más esperaban y temían a su vez, había llegado. Empezaron con la implementación de carpas, cuando, sin un aviso previo, grandes gotas de agua caían fuertemente del cielo. Despavoridos y con mucho temor, se apresuraron. Cuando se dieron cuenta, su trabajo había sido en vano, pues el viento arrasaba con fuerzas sus carpas, se las llevaba como papel, Stephanie desconcertada miraba aquella escena mientras se empapaba con la lluvia.

No sabían cómo, ni dónde dormir. Solo una carpa había resistido ante aquel golpe de viento. “Todos nos juntamos y entramos en esa carpa, parecíamos sardinas enlatadas. Chimborazo fue para morirse” define Stephanie al explicar el por qué. Esa noche parecía no acabar jamás, sentía que la cabeza iba a explotar en algún momento, no sentía su cuerpo, ni su temperatura, llantos y más llantos invadían esa escena.

En medio de desesperación salió de la carpa y miró al cielo, como diamantes en el cielo brillaban las estrellas aquella noche, sus ojos no podían creer lo que estaba viendo, sentía que no era real y sabía que recordaría esa imagen por siempre en su memoria, tal como una fotografía. Avisó a sus compañeros para que presenciaran ese momento también. “Nunca había visto tantas estrellas como aquella noche”, cuenta Stephanie al darse cuenta que fue la experiencia más rescatable de aquel día.

A pesar de no haber dormido lo suficiente, y contar las horas para que amaneciera, se sintió un alivio colectivo cuando por fin vieron salir el sol. Domingo, 7 de julio del 2019. Después de tanto sufrimiento, podían retornar a su ciudad, por lo que, sin pensarlo, prepararon sus cosas rápidamente, como si alguien los estuviera apresurando, apreciaron por última vez el lugar y partieron sin pensarlo dos veces.

Cuando empezaron su camino de regreso, Stephanie sentía como la temperatura regresaba a su cuerpo, su cabeza dejaba de doler poco a poco, sus extremidades podían movilizarse un poco más, y observando el magnífico paisaje frente a ella, se olvidaba de todo lo que había sucedido. Admiraba con placer las nubes, el sol, las montañas, y el clima, dentro de ella sabía que era un regalo de Dios, y que tenía que apreciarlo hasta el último momento, pues algo así no volvería a ocurrir.

Aunque el recorrido era el mismo de ida, de venida se hizo mucho más corto. Stephanie trataba de distraerse con sus amigos, quienes la hacían reír, contando chistes y anécdotas, incluso se reían de lo que había pasado la noche anterior, como si el sufrimiento se hubiera quedado en el volcán. Después de una larga caminata, llegaron al hotel a recoger las cosas que habían dejado. Sin descanso alguno, partieron a la ciudad de Manta esa misma noche.

Lunes, 8 de julio del 2019, Stephanie llegó a su hogar, abrazó a su familia como si no las hubiera visto en años, le deseó un feliz cumpleaños a su madre, y durmió como la bella durmiente, eternamente. Le contó a su familia toda la experiencia que vivió con todo el entusiasmo del mundo, y mostró las pocas fotos que pudo tomar de aquel día.

“A pesar del sufrimiento, fue una experiencia gratificante, que me llena de orgullo cada vez que la cuento, saber que estuve en el volcán más alto del Ecuador, me hace sentir la chica más feliz del mundo” aseguró Stephanie después de contar su teatral travesía con entusiasmo.

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