COBARDE

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Por Rubén Darío Buitrón

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Supe lo que era el odio cuando tenía 10 años y estaba en quinto grado. Todas las tardes, más o menos a las cinco, regresaba a pie del colegio La Salle, en las calles Caldas y Vargas, con destino a mi casa entre La Tola y El Dorado.

Antes de eso hacía escala para visitar a mi abuela Michita, que vivía en la Sodiro en un cuarto de una derruida casa de dos pisos frente a uno de los pocos edificios de entonces: el de la Cruz Roja.

Era mi espacio de felicidad vespertina. Allí cohabitaba la soledad de la Michita, una soledad que ella disfrutaba. Años después, sólo cuando sufrió un accidente y se fracturó la cadera, aceptó vivir con nosotros.

Cómo no ser feliz con las dos horas con la Michita. Escuchar las noticias en la radio Philips de onda corta que a ella la acompañaba todo el día. Empezar a conocer algo de la historia contemporánea (el oscuro asesinato al presidente John F. Kennedy, la declaración de Cuba como república socialista por parte de Fidel Castro).

Era maravilloso escuchar el mundo mientras tomábamos chocolate caliente con pan y queso. ¿Era posible vivir instantes más dulces?

Ua de esas tardes, bajo un cielo seminublado, recibí un pelotazo en mi cabeza. Volví la mirada y me encontré con la sonrisa torcida de un adolescente, acompañado de otro, también con una mueca indefinible.

“Devuélveme la pelota”, gritó. El balón estaba en el piso, a mis pies. El otro, más agresivo, con palabras soeces me dijo que si no lo hacía me entraría a patadas.

“Es el mimadito de la vieja de esa casa”, expresó el más grande y el otro explotó en una carcajada. Se acercaron. Yo vigilaba que la Michita no escuchara los insultos y no saliera.

“Esta calle es nuestra y si quieres pasar tienes que fajarte a golpes”, dijo el más grande y me empujó. El otro me pateó. Quise levantarme, pero volvieron a estrellarme el balón en el rostro.

Cuando logré ponerme de pie me di vuelta y me fui. Escuchaba, a lo lejos, gritos e improperios. Pensé: ¿en serio quise proteger a mi abuela? No. Tuve miedo. Miedo de que me hicieran daño.

Las tardes siguientes no fui donde la Michita y la nostalgia desnudó todas mis tristezas. ¿Cómo debía enfrentar el problema? ¿Por qué yo, que acababa de ganar un campeonato de box infantil, no usaba mis puños para terminar con el sufrimiento?

Volví una semana después a la bella rutina de visitar a mi abuela. Usé la artimaña de dar la vuelta a la manzana y entrar por el otro lado de la calle.

En el cuarto de la Michita escuchamos la noticia de última hora: acababa de fallecer Juan XXIII. Mi abuela lloró frente al retrato del papa, al cual veneraba como un santo.

Yo también lloré, pero no por el pontífice, sino porque no me perdonaba mi cobardía. Un perdón que hasta ahora, muchos años después, aún no llega.

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