7.8 de dolor

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Por Ingrid Cedeño

Cuando uno empieza a dialogar con el comerciante Marcos Cevallos, jamás se podría deducir el sufrimiento desgarrador, que se esconde detrás de una sonrisa.

Su vestimenta sencilla de camiseta y bermuda, hacen juego con su afable personalidad. Mientras su gorra, accesorio infaltable en su look, parece cumplir la función de esconder un par de ojos tristes que al llegar a las 19H00 se inundan de lágrimas, como cuando sube la marea en el mar.

Sus manos toscas y llenas de profundas cicatrices hacen pensar que su trabajo es forzado y que requiere principalmente de ellas para su labor, como si este fuese de albañil o carpintero, sin embargo, ninguno de estos dos empleos ni se asemejan a la realidad que aquellas cicatrices representan.

Nació en Jama, Manabí y creció en el centro de este cantón, lugar en el cual recibe a sus visitas y donde pasa la mayor parte de su tiempo.

Agarra un helado del congelador del local de quien parece ser su prima, como para quitar un poco el sabor amargo que le provoca contar su traumática historia de aquel movimiento telúrico de 7.8 de magnitud del 16A, que lo dejó fuertemente golpeado.

Después de 5 minutos de silencio continuo, regresó la mirada a su punto de inicio y soltó un fuerte suspiro en señal de estar listo  puntualizando, “todo sucedió un sábado 16 de Abril del 2016 cuando salí de casa por la mañana para ir a la tienda de mi hermana a trabajar, como un día común y corriente”, describió Marcos colocando sus codos en el congelador para sentirse más cómodo, haciendo referencia a que sería una larga conversión.

Cevallos asevera que aquel día circulaban muchas personas por el centro de Jama y por ende, el trabajo estaba movido, lo que ocasionó que el tiempo se fuera volando hasta que llegara la hora del almuerzo. Recordando que fue su hijo mayor, que tenía 11 años de edad, quien le llevó el almuerzo a la tienda y se quedó con él. “Como nunca, mi hijo mayor Marquitos me dijo que lo dejara quedarse conmigo en el trabajo hasta regresar por la noche a casa”, narró el hombre mientras terminaba su helado.

Marcos detalla que al llegar las 4 de la tarde se fue a ordenar las bodegas del comercial y que su hijo Marquitos se había ido al parque de la esquina con sus primos. Confiesa que aquellas bodegas eran muy oscuras, pese a la iluminación que tenían. De modo que el tiempo, ahí adentro, no pasaba.

 “De pronto sentí un pequeño remezón, como si me movieran las cajas de la bodega, pensé que se trataba de una broma, pero después de un pequeño instante, las grandes columnas formadas por cajas llenas de mercadería, comenzaron a caerse, una tras otra, obstaculizando el paso. El piso se empezó a elevar, en ese momento no sabía qué hacer, intenté correr hacia la salida pero no podía, habían muchas cosas tumbadas, entonces sin darme cuenta la pared de la bodega se desplomó y me tire hacia un lado para evitar que me caiga encima, cayó sobre mi brazo derecho y quedé atrapado, no podía salir”, detalló el hombre en tanto que mostraba una cicatriz profunda, de doce puntos que marcaba su hombro derecho.  

“En ese momento se me vinieron los peores pensamientos a mi mente, ni siquiera sentía dolor por la presión que ejercía la pared sobre mi brazo, solo sentía angustia, sofocación por querer salir a ver a mi familia y no poder. Tenía miedo que no me encontraran, que pensaran que estaba afuera, cuando en realidad estaba en lo más profundo de la tienda ¡sentía terror, no por lo que estaba pasando, sino por morir olvidado!”, aclaró Cevallos con un tono de voz entrecortada.

El entorno se volvió tenso, Cevallos se levantó y comenzó a dar pequeños pasos de un lado, hacia otro, como si anticipara que estaba llegando a la parte de la historia que recuerda cada día, las 19H00. Al relatar su historia se podía notar su incomodidad y una mirada que lentamente se inundaba de furia, pero más de dolor.

De pronto llegó un hombre y lo llamó hacia donde estaba su moto, se dirigió allá y sacó una pequeña romana de su bolsillo, al parecer la hielera que cargaba sobre su moto, estaba llena de mariscos que tenía a la venta y su moto no era solo su medio de transporte, sino su machete de trabajo. A eso se debía, la constante presencia de Cevallos en las calles del centro de Jama, dedicándose desde hace más de cuatro años a la venta de crustáceos.

Guardó la minúscula romana en su bolsillo, regresó hacia donde estaba y volviendo a colocar sus codos sobre el congelador, continuó añadiendo, “después de tres horas de estar atrapado en los escombros de la bodega, pude escuchar cómo me gritaba una voz aguda, era mi hijo Marquitos. En ese momento su presencia fue como ver luz en medio de la tiniebla”, enfatizó Cevallos al tiempo que miraba el cielo como reviviendo el momento.

Reveló que después de salir de ahí, no hubo quien lo detenga, salió corriendo como alma que lo lleva el diablo hacia su casa, a buscar a su familia. Sin embargo, la soledad y destrucción que veía cuando se acercaba a su hogar lo tenía desorientado, no entendía lo que había pasado, pero sus pies no se detenían hasta llegar a su destino, en donde la verdadera angustia y dolor comenzó.

“Cuando llegué, me arrodillé. No comprendía lo que estaba pasando, mi casa se había derrumbado, eran puros escombros en el suelo. Me dirigí hacia las ruinas y como un loco, empecé con mis manos a escarbar lo que más podía sin descanso alguno. Aun llorando, sacaba un escombro tras otro y al sacar uno más grande pude ver la mano de mi esposa, sentía que la respiración me faltaba pero estaba consciente de que tenía que seguir escarbando, no debía detenerme, pese a lo dañadas que tenía mis manos, el tiempo era oro en ese momento”, recalcó Cevallos con agitada respiración.

Relata que al sacar otro escombro, pudo observar como debajo de un brazo de su esposa, estaba su hija de apenas un año de edad.  Clamando que no podía y que en ese momento quería dejar todo ahí, pero que sus manos no se detenían y seguía sacando escombros, tras escombros.

“Solo pasaron minutos para lograr sacar una gran parte de cemento, y ver que debajo de aquel concreto se encontraba mi hijo de ocho años, agarrado de la mano de su hermano de tres ¡eso era todo, en ese preciso momento quería morirme, sentía como me ahogaba por dentro y mis ojos invadidos de lágrimas no podían abrirse! aquello que sentí esa noche al observar a mis tres hijos y esposa sin vida,  no se lo deseo ni a mi peor enemigo!”, lamentó el hombre, mientras el dolor lo invadía y una lagrima rodaba por su mejilla.

El silencio invadió el lugar, parecía que la historia quedaría en puntos suspensivos, Marcos tapó su rostro con sus manos y así permaneció un momento. Luego de un momento, alzó la mirada y con los ojos hinchados, reveló que pese al dolor incontrolable que sentía en ese momento, recordó a su hijo Marquitos quien estaba con vida por un golpe de suerte del destino, que se basó en una excusa para no ir a casa temprano.

“Fueron muchos los meses que viví en la oscuridad, en ocasiones quería visitar a mi familia en el cielo para estar a su lado, pero observar el rostro de Marquitos todos los días, me hace olvidar aquel pensamiento egoísta que al llegar las 19H00 pm se me cruza por la cabeza. Recuerdo que Marquitos también perdió a su familia y que no puedo ser tan miserable para dejarlo en este mundo solo”, admitió el padre mirando al suelo, tratando de ocultar la vergüenza que aquel pensamiento suicida le provocaba.

Mientras visualiza las cicatrices que a simple vista se observan en sus manos como tatuajes con significados imposibles de borrar, enfatiza que no hay un día que no recuerde a su familia al compás de las siete campanas de la iglesia que le dan la bienvenida a la melancólica noche en el horario de las 19H00 pm, que como alarma, a la misma hora, los siete días de la semana, conmemoran el eterno luto que un comerciante de mariscos detrás de una sonrisa esconde.

Marcos Cevallos con mariscos de su propiedad

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